POR UN PUÑADO DE PATATAS
Siempre he pensado que las reuniones de trabajo informales resultan mucho más productivas que las formales, al menos en términos de integración de los equipos de trabajo. En efecto, en este tipo de reuniones, hay mucho menos tensión que en una reunión de tipo formal. Para empezar, el sólo hecho de no vestir de saco y corbata, ya es toda una victoria en sí puesto que la comodidad empieza en la vestimenta, creo yo. Recuerdo que hace un tiempo, mi equipo de trabajo en una de las tantas empresas por done he pasado, fue convocado a una reunión, de carácter formal. La misma iba a ser dirigida por nuestro gerente adjunto y al mismo tiempo nos íbamos a conectar con uno de los gerentes de la empresa, asentados en otro país, bajo la modalidad de video conferencia. La reunión, había empezado bien, por los canales regulares. El problema arrancó cuando se presentó el gerente extranjero. El hombre era británico, de aquellos con el acento inglés bien marcado, de pronunciación dura y difícil de digerir, menos por una de estas conferencias que por más adelanto tecnológico que muestren, siempre presentan algunos problemas en la fidelidad de audio. Total, que al final no entendimos mucho de lo que se quiso plantear desde el lejano Newcastle. Durante y después de dicha reunión hubo cierta tensión en el ambiente de la oficina, pues trascendió que nos iban a evaluar tomando como criterios las medidas anunciadas por el duro inglés. Ese era el problema, que casi nadie había comprendido nada. Digo esto para que se den una idea de lo estresante que puede ser una reunión del tipo formal.
Sin embargo, existe la otra cara de la moneda, la reunión de trabajo informal. No sé si ustedes alguna vez han pasado por una de estas reuniones. No me refiero a las actividades que se programan en los trabajos, en que un fin de semana es elegido para salir de paseo a las afueras de la ciudad o quizá a alguna región donde se hable el idioma catalán. No. Aquellas reuniones son parte de la integración laboral que propone el departamento de Recursos Humanos, pero yo me refiero a esas reuniones que plantean los jefes de equipo, totalmente extracurriculares, generalmente para ajustar algún punto flojo en el desempeño o simplemente porque no se pudo conseguir un local adecuado para la realización de dicha reunión. Este fue el caso que me tocó vivir, puesto que la semana pasada, el punto de reunión de nuestro equipo de trabajo fue en un restaurante de comida rápida. Lo gracioso fue que los administradores de dicho establecimiento ni siquiera sabían que iban a ceder sus instalaciones para nuestra informal reunión, más gracioso aún fue, cuando la señorita que nos atendía, no sabía lo que pasaba. A decir verdad, era extranjera, parecía que venía de algún país del este, quizá hablaba el idioma ruso a la perfección porque nuestro idioma apenas y lo manejaba. En fin, para lo que ordenamos no necesitaba saber mucho de lenguas.
Mi jefe, fue el primero en llegar y lo encontré sentado, junto a una de mis compañeras. La mesa apenas y era adornada con un pequeño paquete de patatas fritas, casi inexpugnables, al que sólo le faltaba el letrero de no tocar. La idea era muy simple, minimizar los costos de la reunión. Al pedir un paquete de patatas fritas, el consumo por el derecho de una mesa del local quedaba cubierto y ya dependía de nosotros si quedábamos con hambre o no. Estábamos dentro de las normas legales. Y así, fueron llegando uno a uno mis compañeros de trabajo. La idea era conversar un poco sobre nuestro desempeño en los últimos meses de trabajo y regularizar alguna documentación que algunos de nosotros teníamos pendientes. Evidentemente, al ser un local público, varias situaciones jocosas se dieron. Para empezar, el asunto de las patatas, dejó en claro que la reunión iba ser muy divertida. Me pareció ver a algunos empleados del local murmurando acerca de la extraña mesa que nos reunía. No les cabía en la cabeza ni en las gorras, que un grupo de chicos, sólo ordenara un puñado de patatas fritas en casi una hora de reunión, más aún cuando era día de centro comercial en que muchas personas salen del cine directo al establecimiento de comida rápida. Lo más gracioso ocurrió cuando, inocentemente, uno de mis compañeros tomó posición en el extremo de la mesa que compartíamos con una pareja extraña. Inmediatamente el hombre de dicha relación le cambió de sitio a su novia pensando que podía ser seducida por mi compañero de trabajo. La informalidad asusta.



