DE LOCURA ORDINARIA
La época de la universidad nos deja muchos recuerdos que quedan indelebles en el tiempo, algunos pueden recordar ese primer día de clases cuando ingresaron al campo universitario sin conocer a nadie y con la incertidumbre que acompaña al inicio de toda nueva etapa en la vida. Otros tuvieron la suerte de ingresar junto con los amigos de la escuela y avanzar juntos en esta bonita etapa. Hay gente que recuerda la universidad porque allí conoció a un buen amigo o quizá al amor de su vida con quien terminó casándose y formando una familia. Otros quizá guardan una ingrata recordación porque la carrera que eligieron les ganó y fueron echados de la universidad por bajo rendimiento. Y habemos otros que recordamos las aulas universitarias por los profesores que allí conocimos y de los que aprendimos mucho, de esas clases y de esas anécdotas que te sirven para toda la vida y que te hacen consciente de tu crecimiento personal y mental de una manera bastante palpable. En mi caso, gran parte de estos recuerdos están centrados en mi maestro de Sociología.
Para empezar, debo decir que era un tipo bastante excéntrico por no decir loco. La primera vez que ingresó al salón de clases, creímos que se trataba de un extranjero que se había metido por error a la universidad y buscaba un hotel donde alojarse. En efecto, de pronto ingresó a nuestra aula, un tipo que parecía norteamericano, tenía el cabello un tanto largo, era lacio y no lo había sujetado con ninguna cola, algo raro en los profesores de universidad -el sólo hecho de que no lo llevase corto ya era de extrañar-. Además traía en la espalda un maletín bastante pesado y abultado, al estilo de los mochileros que viajan de país en país desafiando la barrera del idioma y la seguridad del alojamiento. Su vestimenta consistía en un pantalón de tela elegante y encima traía una camisa y sobre ella una casaca de cuero un tanto desgastada, de cuero, eso sí. Al llegar hasta el pupitre principal, soltó su pesada carga y la camisa le quedó desbocada por el contrapeso realizado, rojo por el trajín y medio despeinado se presentó, saludando en un lenguaje extraño, en verdad era una mezcla de inglés y castellano. Tal como lo supuse, el tipo era norteamericano y apenas hablaba algo de castellano. Íbamos a tener algunos problemas de comunicación allí -eso pensé- pero con el correr del tiempo, el profesor empezó a dominar más nuestro idioma. De su escritura ni hablo porque aunque hubiese dominado a la perfección la gramática del castellano, nunca hubiese mejorado su caligrafía. Se trataban de verdaderos jeroglíficos casi ininteligibles, pero eso era lo de menos ya que sus clases eran tan amenas y tan didácticas que casi nadie atinaba a tomar apuntes, todos miraban atentamente como si Jesús estuviese al frente.
El tipo tenía una gran carga de conocimientos y de experiencias, no de aquellas abstractas y redundantes, sino de esas que sientes que las vas a utilizar a cada rato durante tu vida. Como digo, en esta etapa y en esta clase en particular, podíamos sentir nuestro crecimiento en cuanto a conocimientos y experiencias transmitidas. Nuestro profesor supo cómo ganarse nuestra atención y sea el tema que tocase tratar, siempre terminábamos cayendo en la generación de los años sesenta, ese corte histórico mágico y maravilloso que todos queríamos haber vivido y que nos contentábamos con investigar. El profesor Paul era sensible conocedor de esta época, había sido parte de la misma, había bebido en los ideales hippies y aún conservaba ciertos rasgos de aquella década. Al margen de modas, poseía un gran conocimiento de los hechos sociales, sus lecturas y significados y las distintas interpretaciones y modelos culturales que surgieron a partir de ellos. Pero lo más atractivo era que se solazaba en las artes, literatura, pintura, pero sobre todo música. Quizá porque quien escribe admiraba las composiciones musicales que se perpetraron en esta década, me quedaba conversando con él largos minutos después de terminadas las clases, pero no sólo yo, otros dos o tres compañeros se sumaban y aprendimos mucho.
En una de esas largas conversaciones, Paul nos contó que conocía un par de casos de personas que habían enloquecido a partir de la música. No eran casos comunes y consistían en personas que escuchaban música grandilocuente y al poco rato pasaban a la música estridente que puede ofrecer un grupo como Led Zeppelín por ejemplo. Al parecer, esto creaba cortos circuitos en el cerebro que terminaban desembocando en una esquizofrenia. El tema nunca fue estudiado a profanidad pero en todo caso recuerdo mucho ese dato. Yo por mi parte intervine participando de los casos de fanáticos que habían enloquecido temporalmente al observar la carátula del primer disco de Black Sabbath. Paul se interesó por el tema y prometió observar con detenimiento la tenebrosa carátula ¿Dónde andará ahora?



